La historia de Pedro y Mario
La historia de Pedro y Mario
Autora: Edith Elvira Colqui Rojas – Perú
Pedro y Mario eran dos hermanos huérfanos que se dedicaban a vender golosinas en los carros desde las seis de la mañana. Cada día se dirigían a la avenida Abancay, en Lima, a vender sus productos. La calle los miraba con su rostro fiero. Lima era hermosa, pero en sus calles se sentía el aire de la indiferencia hacia los que sufrían.
Caminaban agotados, pues su trabajo era intenso: desde las seis hasta las once de la noche. Estaban sometidos a la inclemencia del frío, a los delincuentes, a personas de mal vivir, e incluso a algunos policías que los hostigaban para que no trabajaran. Todos los límites que muerden las grandes ciudades también los mordían a ellos.
Algunos choferes los dejaban subir a los buses, pero otros, al verlos, simplemente aceleraban y se iban. Pero Pedro y su hermano eran insistentes. La vida les había enseñado a ganarse el sustento a punta de trabajo. No tenían padres que les pagaran el agua o la luz. Se las daban a una señora que les había acondicionado un rincón en su cochera para que pudieran descansar. Le dejaban algo de dinero a cambio por la luz y el agua que usaban para lavarse. Su desayuno y comida corrían por cuenta propia, pero cuando las ventas eran bajas, solo almorzaban algo en la calle y no desayunaban.
Subían a los carros y decían:
—Saludos, pasajeros. Somos dos niños huérfanos que vendemos caramelos para sobrevivir. ¡Colabore hoy por ti, mañana por mí, caserito! Y para alegrarles el día, vamos a cantar.
Y juntos entonaban:
—Soy un muchacho trabajador, me gano la vida vendiendo mi producto. Señor, colabore, que Dios lo bendice.
Luego pasaban de asiento en asiento. A veces les compraban, otras veces nadie lo hacía. Una vez, una señora les dio una moneda y dijo:
—No me den nada, es para su pancito, hijitos.
Ellos se lo agradecieron con una sonrisa. Pero también había personas de mal humor que les gritaban:
—¿No tienen padres? ¡Los niños deben ir a estudiar en lugar de molestar en los carros!
Lo que no sabían era que para estudiar se necesita dinero, y ellos no lo tenían.
Un día, al terminar de vender, ya se dirigían a casa cuando uno de ellos pescó una gripe. Dormían en la cochera de doña Nely, sobre el suelo. Ella había puesto unos trapos, pero el frío igual calaba los huesos. Pedro notó que su hermano tenía fiebre y le dijo:
—Vamos a casa, hermanito, allí te cuidaré. Con esta ganancia te compraré tu pastilla.
Pero de pronto, aparecieron unos tipos de mal vivir, con caras de fumones, y los cercaron. Pedro quiso correr, pero no podía dejar a su hermano.
—¿Qué quieren? —preguntó—. Este dinero es para comprar medicinas a mi hermano y para comer.
—¡Danos el dinero, mocoso! —gritó uno.
Uno los agarró del cuello a los dos y el otro les arrebató el dinero de las manos. Luego salieron corriendo.
Pedro y su hermano se quedaron estáticos, con los ojos llorosos. ¿Cómo iban a comprar ahora las medicinas? ¿Cómo llegarían a pie hasta Ventanilla, donde vivían? Lima les daba una lección amarga y despiadada. No quería a los pobres. En esa ciudad, solo con dinero se era alguien.
Con mucha dificultad, fueron a pedir ayuda a una señora. Le contaron lo que había pasado, y ella, conmovida, les dio dos soles para el pasaje. Llegaron a casa y contaron todo a doña Nely. Ella les dio una frazada para el niño y un panadol que tenía guardado.
Pedro le dio la pastilla a su hermano. La señora les dijo:
—No tengo hijos, ya he cenado.
—No importa, señora —respondieron—.
Y, sin cenar, durmieron.
Al día siguiente, su hermano estaba peor, pero no había dinero. Pedro lo bendijo y se fue solo a trabajar.
—Volveré en la tarde, hermano, con un poco de plata para seguir comprando tu medicina en la botica y algo de agua para la sed —dijo antes de partir.
Trabajó duro por su hermano y regresó con las medicinas. No se quedó hasta tarde, solo dos horas más, pues tenía miedo de que los fumones regresaran a robarle. Con lo que ganó apenas pudo comprar unos bizcochos con gaseosa; no alcanzaba para más.
Y así, vendieron caramelos hasta hacerse adultos. Siempre estaban juntos. Una vez, un vecino quiso contratarlos para un circo. Les prometió ayudarlos, pero los explotaba. Les hacía limpiar todo el circo, lavar la ropa de los artistas… y tuvieron que huir de allí.
Ya jóvenes, se dedicaron a vender ropa como ambulantes en Mesa Redonda, en la avenida Abancay. No pudieron estudiar, pues las ventas no les alcanzaban para tanto. Pero lograron invadir un cerro, donde construyeron una pequeña casa. Allí vivían su pobreza, solos, sin perro que les ladre… Eso sí, trabajando duro cada día por su sustento.

Comentarios
Publicar un comentario